El jueves 18 de febrero del 2016 parecía un día más del verano. Pero no, no al menos para mí y para mi familia. Gonzalo Nehuén Arias, 19 años, el mayor de mis tres hijos, tenía una cirugía ambulatoria. Sencilla. Tontísima. Ni siquiera urgente.

Ese día se le iba a practicar una varicocelectomía, una intervención menor para prevenir que a futuro -un futuro que jamás llegaría- no le trajera problemas de infertilidad. Una corrección que le permitiría poder cumplir con la hermosa aspiración de, a su vez, poder dar vida: tener hijos con la mujer que el destino le deparara, nietos para su mamá y para mí, sobrinos para sus hermanos. La ilusión de verlos crecer.

No creo en el destino… aunque algo ya empezó mal: cuando estábamos en viaje hacia la clínica, Gonzalo se dio cuenta de que se había olvidado su documento de identidad. Imagínense los reproches míos y de mi esposa dejándole ver su falta de responsabilidad. Lo retaba mirándolo por el espejo retrovisor sin saber que esas serían las últimas imágenes que vería de esos ojos cielo, de esos rulos rebeldes que siempre arrancaban de mí la frase: “¿Pero Piscui, no vas a salir así, no? Peinate, daleeee”.

Hice lo que todo padre hubiera hecho, aunque hasta el día de hoy me lo reprocho: convencí a la clínica, para no perder el turno y tener que reprogramar la operación, que la iniciaran igual en tanto yo hacía traer el DNI con un remise. Gonzalo me decía: “Dejá pa, ya fue, volvamos otro día”. Ojalá lo hubiera escuchado. No lo hice.

La noche anterior Gonzalo había tenido un sueño. Había soñado que no se iba a despertar de la operación y en su cuenta de Facebook, escribió: “¿Será que los sueños se vuelven realidad?” y posteó una cruz negra al lado de la frase. ¿Premonición? Recordarlo hoy me da escalofríos.

Tenía todos los prequirúrgicos hechos, dieron perfecto: era un chico sano, lleno de energía.

Y de proyectos que quedaron truncos. Él insistía en no operarse y ante nuestra insistencia y a disgusto, se puso la bata, la cofia, se subió a la camilla y lo llevaron al quirófano. Todavía se enojó con su mamá porque ella, para distenderlo, le sacó una foto vestido así. Y él hizo una mueca de disgusto. No fue su hermosa sonrisa lo último que vimos de él. “Ya se le va a pasar”, pensamos.

La espera se hizo larga. El tiempo corría y nosotros ya empezábamos a movernos un tanto inquietos, buscando información. “¡Ahí viene el cirujano!” ¿Por qué tan serio? ¿Por qué el gesto adusto y la mirada baja?

No recuerdo sus palabras. Todo se oscureció y la incredulidad dio paso a la desesperación. ¿Cómo paro cardiorrespiratorio? Si era el chico más sano del mundo ¡Si los estudios previos estaban perfectos! ¡Si era una operación sencilla!

El mundo que se desploma de repente. Los gritos de mi esposa. Las explicaciones balbuceantes que no conforman. Llamar a los abuelos que se habían quedado al cuidado de los hermanos menores: ¿cómo se le dice a unos abuelos para quienes los nietos eran su razón de existir que uno de ellos ya no estaba? Dolor inacabable. Confusión. Horas que se pierden en los recuerdos ante el hecho irreversible. Mi esposa estuvo cinco horas aferrada al cuerpo de Gonzalo sumida en un llanto desgarrador.

Y la sucesión de hechos inconcebibles que ni en la peor película de terror tendrían cabida.

El cirujano ordenó la autopsia. Se iba a realizar al día siguiente, viernes, y para ello debían trasladar el cuerpo y la historia clínica de Gonzalo a la morgue de Pilar. Pero el oficial de la comisaría de Vicente López que trasladó el cuerpo se olvidó de llevar la historia clínica y sin ella, no se podía realizar la autopsia.

Cuando fuimos a la morgue con mi hermana y mi papá y nos dijeron eso, ¡no lo podíamos creer! Si la autopsia se demoraba hasta el lunes siguiente, ni siquiera iba a poder velar a mi hijo a cajón abierto. Le rogamos al médico forense que nos permitiera ir a buscar la historia clínica a la comisaría a nosotros mismos y alcanzársela. Pero él tenía ya otras autopsias programadas y no le iba a alcanzar el tiempo para terminarla.

Me vio tan desesperado que me dijo: “Mirá, yo no trabajo mañana sábado, pero si me la alcanzan, yo te prometo que vengo y hago la autopsia y voy a hacer lo imposible para dejar a tu hijo de manera tal que puedan velarlo”. Algo de humanidad en medio de tanto dolor… Vuelvo a aquellos días. Ya no confiaba en nadie, por eso junto a mi padre y a mi hermana fui desde la morgue hasta la comisaría de Vicente López porque dudaba que al día siguiente no volviesen a “olvidar” llevarla de nuevo.

Llegamos a la comisaría, planteo el caso exaltado, admiten el error y me aseguran que no volvería a suceder. Pero yo hasta desconfiaba que verdaderamente la historia clínica estuviese allí y exigí verla. Cuando me la trajeron y en medio de mi desesperación, se la arranco de la mano a la oficial, salgo corriendo de la comisaría y me encierro en mi auto, ante la angustia de mi familia y los gritos de los policías que salieron a perseguirme y me pedían calma.

¿Calma? ¡Acababa de perder a mi hijo! Y un error de ellos aumentaba la posibilidad de tener que prolongar la agonía. Me convencieron de que si la llevaba yo a la morgue, carecía de valor. La historia clínica tenía que ir acompañada de un oficial de la policía. La entregué. Y luego el velorio: ¿alguien nos prepara para elegir el cajón de un hijo, para comenzar el adiós? Luego de unas pocas horas y por respeto a Gonza -tenía la carita hinchada- decidimos que ya no podía seguir así. No era digno. Nadie reconocía en ese cuerpito a nuestro hermoso hijo. Mandamos cerrar el cajón.

A los 15 días de su muerte, sentimos una tremenda necesidad de respuestas a muchos interrogantes, esos que por la sorpresa del momento no habían aflorado antes. Así es que solicité un turno, sin darme a conocer, en el consultorio particular del cirujano.

El estado anímico de mi señora le impidió acompañarme pero había mandado grabadas en mi celular todas las preguntas que quería hacerle al médico. Me acompañó mi hermana. Cuando anunciaron mi apellido y entramos, el médico me reconoció inmediatamente. Le expliqué el motivo de mi presencia. Accedió a escuchar las preguntas de mi señora del celular y comenzó a responder cada una en un tono muy profesional.

En un momento se quebró: “Bueno, mirá, yo te lo tengo que decir, si querés venir por mí, vení nomás porque yo estoy tan seguro del trabajo que hice, pero si a mí no me cuidan el paciente… Y te lo tengo que decir porque en 30 años es la primera vez que se me va un paciente.

Yo mi trabajo lo hice perfecto. Ya había terminado de operar, me estaba lavando las manos cuando empiezo a escuchar “¡Dopamina! ¡Adrenalina!” y me vienen a buscar para que haga maniobras de resucitación”.

Anotá, este es el nombre del anestesista; yo tenía dos operaciones más para ese día y las cancelé porque no pude seguir después de lo sucedido, es más, nunca pude volver a entrar a esa clínica. ¿Y te acordás que tuvimos que obligarlo a venir al anestesista para darte la noticia? ¿Te acordás que no quería venir? Te digo más, el propio director de la clínica me vino a bardear, a increpar porque yo había pedido la autopsia. Cómo no la voy a pedir, si yo mismo no me conformaba con el resultado?”.

Tenía razón, recordé que el anestesista no venía y cuando llegó, casi no habló. Ahí empecé a darme cuenta de todo: “Me lo mataron”, pensé, “Me lo mataron”.

Y una averiguación llevó a la otra: testimonios, complicidades que se quiebran, historia clínica adulterada. Del expediente, y según nuestro médico perito de parte, se desprende que la historia está totalmente ilegible y que pudo haber sido “rellenada” de apuro una vez que se solicitó la autopsia, puesto que ante la falta de lugar en los renglones o espacios estipulados, se escribió en los costados. Ahí se ve -y fue uno de los 20 errores importantes que señaló nuestro perito- que se le suministró anestesia como para un individuo de 90 kilos y en la misma historia clínica dice que Gonzalo pesaba 80.

Y la eterna espera del resultado de las pericias toxicológicas desde La Plata. Acá es donde uno siente indignación por lo lento de los procesos judiciales en la Argentina. Me es imposible no comparar lo que le pasó a Gonzalo con la muerte de Débora Pérez Volpin y, en lógicas distintas, con la de Santiago Maldonado. Como fueron casos públicos, las autopsias se hicieron rápido -aunque para muchos les siguió pareciendo lento-.

¿Saben cuántos meses tardó la autopsia toxicológica de mi hijo en La Plata? Veintidós meses. Sí, casi dos años. Era un resultado importante porque, más allá de lo que me dijo el cirujano, en el cuerpo de Gonzalo no había restos de drogas que se usan para resucitar luego de un paro cardíaco. ¿No se las dieron siquiera? Hoy sabemos que el cuerpo de Gonzalo solo tenía marcas de dos shock eléctricos pero no de compresión manual. Nada de lo que la clínica afirmó que había hecho, se hizo.

En este tiempo fuimos elaborando nuestra propia hipótesis de lo que pudo haber ocurrido: hoy creemos que todo el mundo se confió, era un trámite, una operación de esas que nunca fallan, algo tan simple que permitió que todos los involucrados se relajaran, intuimos que nadie se quedó a su lado a esperar que despertara, que Gonzalo hizo una bradicardia (descenso de la frecuencia de contracción cardíaca a 60 latidos por minuto) y nadie estuvo a su lado para darse cuenta. Cuando regresaron a su lado… ya era tarde.

Se pergeñó el engaño, la mentira, el “sálvese quien pueda”, la simulación. Habrán pensado que íbamos a aceptar resignados que simplemente, se había ido. Que no íbamos a indagar, a cuestionar, a preguntar, a investigar. Que era su destino. Que fue una fatalidad.

Lo que sabemos es que ahora empieza una larga lucha, que no estará exenta de golpes bajos y chicanas por parte de quienes pretenden salvar su inocencia y su impericia (la clínica y los profesionales).

Prefiero no dar nombres hasta que no haya definición en la causa, no quiero destruir carreras hasta que no se sepa si son culpables. Pero sí le pido a la Justicia que la causa de mi hijo (Carátula “ARIAS, Gonzalo Nehuén s/ averiguación muerte” Causa N – PP-14-06-000687/16/00- Fiscalía de Vicente López) no muera en los pasillos de una burocracia sin fin. Ni Gonzalo, ni sus hermanos, ni nosotros merecemos que no se investigue o que se investigue para que haya resolución dentro de demasiados años.

Murió mi hijo. Una vida de futuro ya es sólo pasado. Una familia destruida. Apenas pido que se sepa qué pasó y que si hay responsables, haya condenas.

Hernán Arias vive en Bella Vista, provincia de Buenos Aires y tiene 48 años. Junto a un socio, es dueño de una empresa de publicidad que realiza la gráfica para diversas compañías. Su gran pasión -la que le permite hasta el día de hoy mitigar algo la pérdida de su hijo- fue y es el básquet, deporte que practica desde pequeño.

Por eso, junto a un grupo de incondicionales, al poco tiempo de su pérdida, formó un equipo, “Los Gonza Stars”, con el que disputaron y ganaron un torneo al que llamaron Copa Gonzalo Arias, en homenaje a su hijo. Hasta hoy, las prácticas semanales de ese deporte, junto al enorme apoyo de su familia, le permiten a Hernán transitar una vida cotidiana que, por lo sucedido, perdió parte de su encanto.