Asi la ven en España

Tormenta sobre Cristina

El prestigioso diario español El País publicó un duro artículo sobre Cristina Kirchner, en el que asegura que la mandataria "vive entre la aflicción y el sobresalto de la imputación fiscal" y destacan la contradicción entre su gusto por las marcas de lujo y sus "discursos villeros".

224   12/03/2015 Gastón Banegas
Titulado “Tormenta sobre Cristina”, el lacerante artículo, firmado por el reconocido periodista español Juan José Aznarez, asegura que la Presidente vive “con el rímel corrido desde que desaparecieron de portada los titulares de la bonanza, las crónicas sobre las multimillonarias ventas de grano a China y un crecimiento económico envidiable”.
Según el autor, que define su texto como “una aproximación al mundo de las emociones y antojos” de la jefa de Estado argentina, en la Casa Rosada “corren tiempos de celebraciones en familia y recogimiento gubernamental” y Cristina Kirchner sufre “frecuentes rachas de malhumor y despotismo”.
La nota señala además la conocida afición de Cristina Kirchner por el lujo a la vez que desgrana “discursos villeros y redentoristas”.
A continuación, el artículo completo según apareció en El País:

Satisfechas las primeras abluciones y afeites, hecha un pincel, Cristina Fernández de Kirchner llega a su despacho hacia las 7.30 de la mañana e ingiere un protector gástrico antes de acometer la estomagante lectura de la prensa porteña y algún diario extranjero, entre ellos El PAÍS. El desayuno de la presidenta argentina es peronista light y consiste en té con tostadas y fruta, y algún disgusto de postre. El disgusto del 18 de enero fue mayúsculo: ese día el fiscal federal, Alberto Nisman, que la había implicado en una siniestra trama de encubrimiento, había aparecido cadáver en su casa de Buenos Aires.
La viuda de Néstor Kirchner, que cumplió 61 años el pasado jueves, vive entre la aflicción y el sobresalto de la imputación fiscal, con el rímel corrido desde que desaparecieron de portada los titulares de la bonanza, las crónicas sobre las multimillonarias ventas de grano a China y un crecimiento económico envidiable. Corren tiempos de celebraciones en familia y recogimiento gubernamental: su hijo Máximo, el secretario Carlos Zannini, y su principal valido, el ministro de Economía, Axel Kicillof, empeñado en la cuadratura del círculo: participar de la globalización financiera con manuales montoneros. Cerca de la tarta, los pibes de la Cámpora, la nueva escolta justicialista.
Pero esta no es una crónica política sino una aproximación al mundo de las emociones y antojos de Cristina Fernández, que odia las arrugas, siempre se pintó como una puerta y probablemente esté añorando los tiempos del florecimiento nacional y el aplauso: la apoteosis renacentista de 2003 junto a su difunto esposo, los desayunos sin la súbita oclusión de tostadas, y la feliz convivencia con un periodismo que lejos de destacar sus logros le fastidian escribiendo sobre los fracasos económicos y “Las calzas de Cristina”, sobre sus leggins. “Ay Cristina, con esas calzas está divina. ¡Qué linda está la presidenta! ¡Viva Perón!”, sublimaba una cumbia sobre su descoco en un acto oficial, en 2013.
La presidenta se carcajea cuando le preguntan acerca de la pirotecnia registrada en las redes sociales a propósito de la exhibición de contorno, y su propensión al relleno de pómulos y rebordes labiales. Implacable y mandona, campanuda cuando se confiesa una mujer de principios, tiene cierto sentido del humor. Haciendo patria ante el gremio de porqueros animó a la ingesta de molla porcina para aumentar la potencia sexual. “Es mucho más gratificante comerse un cerdito a la parrilla que tomar Viagra”. Siguiendo con la picardía, recordó el fin de semana matrimonial devorando un gorrino de Córdoba. Gaudeamus igitur. “Algo riquísimo, impresionante…”.
De la broma a la bronca y a las frecuentes rachas de malhumor y despotismo. Casi de oficio, suele arremeter contra los diarios de Buenos Aires que le indigestan la colación mañanera y distraen el pueblo con banalidades porque rechaza sus exigencias de poderes fácticos. “Otra vez La Nación y Clarín, más impresentables que nunca. Ahora las calzas. Antes que me ponía ropa de marca. Ahora calzas y el protocolo”. Llueve sobre mojado en la biografía de Cristina Fernández, indisolublemente asociada a la cohabitación de sus discursos villeros y redentoristas con relojes Rolex, bolsos Louis Vuitton, zapatos de Christian Louboutin, gargantillas de Tiffany & Co, y fruslerías varias.
Siendo Argentina un país con un freudiano culto a la belleza física y a la ostentación de tules Dior por el barrio porteño de Recoleta, la presidenta difícilmente podía sustraerse a la tendencia de las clases pudientes a guapearse con bisturí y pedrerías. “Para ser buena política no hace falta disfrazarse de pobre”, se queja. Nunca lo hizo, ni salió a la calle sin arreglarse; ni siquiera cuando estudiaba Derecho y militaba en el peronismo revolucionario de 1973 junto a Néstor Kirchner.
La dama tampoco descuidó la polvera durante los retiros en la mansión de la Antártida, y menos al frente del Gobierno desde la investidura de 2007. No reniega del capricho suntuario, ni de una coquetería congénita, y las sábanas de hilo egipcio deben parecerle suavísimas, pero se encastilla si le acusan judicialmente de haberse hecho rica aprovechando el cargo, y le arde la sangre cuando la prensa de bragueta le inventa amantes. Su verdadero amor fue Néstor, a quien permaneció fiel desde su casamiento en 1975 hasta la viudez de 2010. El noviete que jugaba al rugby le duró un suspiro cuando conoció al flaco.
Las escandaleras alteran periódicamente la rutina de palacio. Fue lacerante enterarse de que la admirada Hillary Clinton había preguntado si estaba en sus cabales, y leer en periódicos de Estados Unidos, México, Italia y Reino Unido que había despilfarrado en boutiques de moda y pedido más extras que Madonna en su suite de la Riviera Maya. Las mentiras y exageraciones cuelan porque son primas hermanas de las verdades. Il Corriere della Sera asumió como auténticos dispendios falsos y tuvo que pedir disculpas y el New York Post acentuó su amarillismo al atribuirle 97.000 euros por cinco pares de zapatos de aguja en París. “El tema es cuando los propios argentinos empiezan a repetir estas pelotudeces”, lamentó un portavoz oficial.
Algunos excesos no parecen sandeces. Siempre al día, llegó a fletar un jet privado a Buenos Aires para recibir en su residencia patagónica la prensa del día, según publicó The Economist. El último alboroto no encaja. “Cristina compró hasta un millón de dólares en joyas por año”, publicó en diciembre la revista Noticias. Los columnistas de oposición avivaron la denuncia con interrogantes de grueso calibre. Los dos periódicos de referencia esperaron a que el diario español ABC recogiera la acusación del semanario y un abogado interpusiera una demanda judicial para hacerse eco del asunto en sus páginas digitales. La fuente informativa de la revista, Sergio Hovaghimian, un exempleado de la joyería que pleitea con sus dueños acusándoles de evasión impositiva y contrabando, anunció que huye a Estados Unidos temiendo por su vida.
Perseverante en las dietas bajas en calorías, practica el patinaje y el jogging por la quinta presidencial Olivos. Le gusta mirarse en el espejo cuando el arrebol del ejercicio colorea las mejillas. “Su carácter oscila entre la pasión y la razón”, según la periodista Olga Wornat, su biógrafa autorizada. “Va y viene como una tormenta de verano. Es ciclotímica, vehemente, generosa, difícil, arrogante, vanidosa, fóbica, implacable, compasiva y fiel”, escribe en el libro Reina Cristina.
Una eminencia en viveza criolla, enardece a los descamisados de arrabal evocando el legado de la inmortal Evita, y finge con profesionalidad y aplomo cuando afirma que el poder, su primer empeño, le aburre pues carece del narcisismo y la soberbia necesarios para su disfrute. También parece una milonga argentina su declarado aborrecimiento de los pelotas que le dan la razón como a los locos pues tiembla el misterio cuando se la quitan. “Me gusta que me rebatan y me discutan”. Dudan de que sea así los cortesanos que la llaman bruja por lo bajini y prefieren seguir en la adulación que arriesgarse al descabezamiento.
No es fácil el retrato de una mujer tan abarcadora y vehemente. Pocos de sus pares en la Casa Rosada, exceptuando quizás al titiritero Carlos Menem, dieron tanta carnaza a la maledicencia y al chisme de un país que borda el género. Chapotea en ese mundo la biografía no autorizada de Franco Lindler, Los amores de Cristina, que se pregunta mucho sobre su vida privada, rebautiza al gallardo ministro Kicillof con el alias de Kicilove y promociona el morbo con insinuaciones de juzgado de guardia. Genio y figura, la presidenta aguanta la nueva tempestad pestañeando un poco, arrebatada por sus tres pasiones: la política, la imagen, y sus dos retoños Máximo y Florencia. “Sólo confío en mis hijos”.

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