Escalofriantes dichos del chacal salteño tras matar a sus dos mujeres en la cárcel

1477   20/01/2017 Lopez Jorge

En una producción exclusiva, el medio salteño elintra.com.ar pudo acceder a las dos declaraciones que brindó Gabriel Herrera tras asesinar a Soledad Verónica Castro y Andrea Neri.

Luego de asesinar a Soledad Verónica Castro, el 23 de marzo del año 2006, durante una visita privada en la unidad carcelaria de Metán, Gabriel Herrera declaró que la mató porque quería divorciarse. “No quería que mi esposa se fuera a vivir con otro, mucho menos con un amigo mío”, le dijo al guardia después de salir de la celda Nº4, donde ocurrió el primero de los asesinatos.

Herrera, según la declaración brindada al día siguiente, dijo que arribó a la unidad carcelaria de Metán el 17 de marzo, y que el traslado fue a pedido suyo. Explicó que lo hizo por “tenía problemas con otros reclusos de esa unidad. Pedí el traslado para hacer conducta”.

El 23 de marzo de 2006, fecha en mató a su primer pareja, Herrera recibió a la misma en la sala de visitas. Castro había llegado con su madre, Angélica Jorge, y dos hijos menores de Herrera, quien a las 16.30 le pidió al guardia permiso para pasar a la celda Nº 4 con su mujer.

Apenas ingresaron, Herrera contó que “comenzamos a discutir por problemas de matrimonio, ella quería terminar la relación, me dijo que estaba haciendo los trámites de divorcio porque se quería juntar con un amigo mío”. Señala la declaración exclusiva a la que accedió el medio salteño elintra.com.ar.

Esta revelación, para un recluso que tiene una escasa tolerancia a la frustración, según los informes psicológicos, desató una ira interna que no tardó en estallar. Herrera agregó que tras esta confesión, la disputa siguió hasta que Castro se recostó en la cama, oportunidad en la que el asesino aprovechó para matarla.

Declaró que en un momento en que castro se colocó boca abajo en la cama, tomó una remera celeste de su propiedad, la cual le pasó por el cuello y luego comenzó a ahorcarla. Para asegurarse la muerte de la misma, Herrera contó que colocó su rodilla en la espalda de su mujer y así se aseguró que no pudiera zafarse del estrangulamiento.

“Ella intentó defenderse, hizo fuerza y ambos caímos al suelo”, sostuvo Herrera, quien luego agregó que pese a ello, siguió con su accionar homicida. “Ella manoteaba y pataleaba, pero no gritaba”, dijo Herrera, quien no cesó hasta que Castro dejo de moverse.

Consumado el crimen, Herrera relató que levantó a su mujer del piso y la dejó en la cama, oportunidad en la que vio su rostro. “Estaba hinchado, morado y con la lengua afuera”, describió. Luego, sin ninguna muestra de sensibilidad, se dirigió a la puerta de la celda y le avisó al celador que había matado a su pareja.

Al salir, le informó también a su suegra. “Ahí está su hija, la acabo de matar…”, le dijo. En el resto de su declaración, Herrera trató de justificar su accionar asesino, y para ello afirmó que había actuado bajo los efectos de psicofármacos, aunque reconoció que era “consciente” de lo que hacía.

Asimismo, se esforzó en atenuar la responsabilidad de los guardias. Dijo que al momento del asesinato, “la música estaba en alto volumen y era imposible que el celador observe algo desde su puesto”. “La mate porque no quería que se fuera a vivir con otro, muchos menos con un amigo mío”, confesó.
Herrera contó que al salir de la celda le dio dinero al celador para que se lo entregue a su suegra, pues había matado a su hija. Incluso dijo que vio a los guardias cuando intentaba reanimar a su mujer, pero “todo fue en vano”.

Hasta ese momento, Herrera cumplía una pena de 5 años y 6 meses de prisión, pena impuesta por los jueces, Angel Longarte, Bernardo Ruiz y Carlos Pucheta, de la ex Cámara del Crimen 2, quienes lo juzgaron y condenado por el delito de robo calificado, el 5 de octubre de 2005.

Posteriormente, el 22 de septiembre del año 2006, los jueces de la Cámara Tres del Crimen, Antonio Morosini, Alberto Fleming y Susana Sálico de Martínez, condenaron a Herrera a la pena de prisión perpetua por el homicidio de Castro, cuyo apelativo “Vero”, Herrera llevaba en un tatuaje en el hombro izquierdo dentro de un corazón y su apodo “Chirete”.

Once años después, otro brutal crimen

Tras ser condenado a prisión perpetua, Herrera volvió a recalar en el penal de Villa Las Rosas, donde no tardó en enamorar a otra mujer. Con sus ojos verdes, pelea lacio y una estatura promedio de 1,70, este homicida cautivó a una mujer que llegó para visitar a otros familiares presos.

En el año 2014, dicha joven fue víctima de un incidente de agresión causado por Herrera, hecho que alejó a la mujer. Más tarde, en 2015, volvió a estar en pareja. En esta oportunidad, su pareja fue una mujer contra quien luego, el propio Herrera pidió una prohibición de ingreso al penal, ya que, al parecer, sospechaba que le era infiel con otro reo.

Tras cartón, a fines del año 2015, Herrera conquistó a Andrea Neri, quien luego oficializó su relación con el preso como su concubina, lo que le permitió al asesino pedir que se autorice las visitas íntimas. Más tarde, la joven quedó embarazada y en noviembre nació el hijo de ambos.

El 5 de enero de este año, sin embargo y cuando se esperaba que la llegada del bebé fortaleciera la pareja, ocurrió lo peor. Ese día, jueves de visitas, Herrera hizo ingresar a su mujer con su hijito a la celda que ocupaba en el Pabellón “E”.

Una vez adentró, la joven dejó al pequeño en la cama, ambos comenzaron a discutir y luego, Herrera acompañó a Neri al baño, tras lo cual regresaron a la celda. Según declaró el femicida, su mujer le confesó que el niño no era suyo, y que estaba de novio con un muchacho.

El supuesto tercero en discordia, según contó el mismo Herrera, lo conoció a partir de una captura de pantalla de una foto subido a la cuenta de la red social de Facebook de Neri, quien se mostraba junto a este supuesto novio y a su bebé.

Herrera sostuvo que vio esta imagen gracias a un compañero de celda, quien le mostró la captura de pantalla, obviamente en un teléfono celular, algo que está prohibido. Esta foto, agregó Herrera, lo volvió loco, pues antes del día de visita llamó varias veces a Neri para pedirle explicaciones, pero no pudo contactarse.

Cuando la mujer ingresó a la celda, Herrera le recriminó las imágenes en cuestión, oportunidad en que la mujer, como afirmó, reconoció que el muchacho era su novio y que él no era el padre del bebé. Es más, agregó que su mujer se “burlaba, se reía”.

La supuesta actitud burlona de Neri, según declaró, hizo que se volviera loco y lo llevó a asestarle a la joven un puntazo en el cuello con una “gubia”, una herramienta que, según afirmó, le entregó el mismo compañero de celda que lo advirtió sobre la supuesta infidelidad de su pareja.

Como consecuencia de la herida, Neri cayó al piso, donde Herrera la siguió “hincando” con la gubia. “Después salí, me lave las manos y los brazos que tenía con sangre”, acción que se corroboró en las imágenes de las cámaras de video.

Como sucedió en Metán en el año 2006, Herrera tomó al bebé y salió al pasillo, donde le aviso al celador que había matado a su mujer. Al declarar, recordó el asesinato de Castro, a quien estranguló con una remera “porque ella también me dijo que estaba de novia, estaba juntada con un amigo mío”.

Luego, Herrera intentó echar paños fríos y adujo que el crimen de Castro fue un hecho superado, pues incluso los hijos de esta mujer lo habían perdonado, tras lo cual cargó las tintas contra el recluso que le mostró las fotos y le dio el arma asesina.

Aunque adujo estar arrepentido, Herrera, en realidad sólo declaró con la única intención de tratar de atenuar su situación procesal, tal como lo indican los informes psicológicos y psiquiátricos, reportes que lo describen como un asesino de extrema peligrosidad, en especial para las mujeres.

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